El hombre de mar 

[Retrato de Antonio Lussich]

Antonio Lussich, 1905.

Tras su paso por los campos de batalla, y su estreno como poeta gauchesco, Antonio Lussich se volcó de lleno a la empresa familiar de navegación. Había heredado de su padre, marino profesional, la afición por el mar y la aventura, pero también su pulso para los negocios. 

Para 1882, la empresa Felipe Lussich & hijos contaba con cerca de quince goletas, queches y balandras y su primer vapor, El Plata, que se hizo conocido por sus hazañas en el mar.

Con el tiempo, sumaron nuevas lanchas y remolcadores a fin de satisfacer la creciente demanda generada por la expansión de la actividad del puerto de Montevideo. Asimismo, incorporaron a su flota otros vapores que también se hicieron famosos: Emperor, Atlántico, Powerful y, su favorito, Huracán, con el que, casi siempre, Antonio Lussich conducía personalmente los salvatajes más riesgosos.

Luego de la muerte de su padre, junto a su hermano Manuel compraron las partes de la compañía que heredaron sus otros hermanos, pasando a ser propietarios del 60% y el 40% respectivamente.

La actividad de salvamento se había iniciado en 1884, cuando el vaporcito El Plata rescató a pasajeros y tripulantes del trasatlántico Hermes, encallado en La Coronilla. A éste le siguieron otros salvatajes que despertaron asombro y admiración dentro y fuera de fronteras: las barcas inglesas Mabel y Georgina, el vapor Amoor, la torpedera argentina Rosales, el acorazado brasileño Solimoes, el lugre inglés Kaffir Chief, el paquete brasileño Pelotas, los ingleses Muriel y Zarate, y el francés San Martín, entre otros.

[Lussich y marinos de su empresa de salvatajes]

Lussich y marinos de su empresa de salvatajes.

También cabe mencionar otros rescates que hicieron historia, como el del trasatlántico francés Espagne en la bahía de Río de Janeiro, el Hazel Branch en Santa Catalina y el Corunna, el Hero y el Weybridge frente a las costas de la República Argentina.
A medida que el tráfico marítimo en el Atlántico Sur se fue incrementando, también lo hicieron los naufragios producto de la inexperiencia o el desconocimiento de los capitanes extranjeros acerca de los peligros que escondían nuestras costas, así como por la severidad de los temporales invernales que las azotaban.

En 1888, el entonces cónsul británico en Montevideo, en ocasión de entregarle un reconocimiento enviado por la reina Victoria en mérito a su participación en el salvataje de tres embarcaciones inglesas y una canadiense en las aguas del Río de la Plata, destacó:

"Lussich dirigió personalmente, durante tres noches de rudos temporales el salvamento de esos pobres náufragos... exponiendo su vida, y rehusando recibir recompensa... Es de notarse que el gobierno que tengo el honor de representar en este acto, ha agraciado a muy pocas personas con esta medalla, siendo considerada en Inglaterra de sumo valor, según creo, es la única que se ha dado en Sudamérica”.

Hombre de carácter, rechazó una condecoración que el gobierno italiano resolvió concederle, proclamándolo “Caballero de Segunda”, argumentando que él era “un ciudadano de primera en cualquier parte del mundo”.

Su labor en el mar no sólo le valió condecoraciones y distinciones de distinto tipo por parte de los gobiernos de Gran Bretaña, Francia, España y Portugal, entre otros, sino también una excepcional popularidad, producto de la amplia difusión que sus salvatajes tuvieron en la prensa de la época.

Caras y Caretas (1 de dic. 1895)

Caras y Caretas, 1 de diciembre de 1895


El Capitán de Navío José Aguiar, comandante de la Armada Nacional entre 1924 y 1926, rememora una anécdota de su niñez, que ubica a mediados de 1892, que da cuenta de la dimensión que había adquirido la figura de Lussich y su tripulación en su época de esplendor:

“…y una tarde, un grupito de escolares del viejo English School llegamos al viejo y precario muelle, primero de nuestro puerto de entonces (…) y quiso nuestra suerte que presenciáramos, absortos, la llegada del Emperor, hoy, a la distancia y ante la realidad, tan pequeño, pero que en aquel entonces nos pareció tan grande, tan heroico, tan desafiante, sin que nos diéramos acabada cuenta de que la grandeza no era, por cierto, la de la propia nave, sino que radicaba en la de sus tripulantes, cosa que con el Plata se magnificaba aún, porque era tan sólo la magnífica y simple heroicidad de aquellos hombres de Lussich – o mejor, de Lussich y de sus hombres- lo que acrecía en la imaginación popular sus de otro modo desmedradas naves.

Y allí, en aquel muelle, confundidos en el montón anónimo de asombrados espectadores, presenciamos el desembarque de los tripulantes más afamados de la flota de Lussich, llegados los unos, con su jefe al frente, del lejano y peligroso Polonio y reunidos los otros para recibirles y agasajarles en un ambiente de familiar fraternidad…

Y de repente, el anuncio: `Allá viene Lussich!’. ‘Aquel alto que viene de gorra’…Y ante nosotros, llevándose consigo nuestro ánimo y, por qué no decirlo, nuestra juvenil y honrada envidia pasó Lussich…

Para nuestros espíritus aún infantiles -oscilábamos entre los diez y los doce años- fue aquel un día memorable.
Ante nosotros había pasado un héroe…” [1]

NOTAS

1. Furest, René W.: “Antonio Lussich, Hombre de Mar”, en Lussich, Antonio. D.: “Naufragios Célebres. Cabo Polonio, Banco Inglés y Océano Atlántico”, Capibara Editorial, Montevideo, 2005, pp. 44-45.

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